Diario de un perro en sus últimos días de vida

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Por fortuna no es un día como los anteriores, hoy estoy en casa y no con el veterinario, aunque estoy seguro de que pronto volveré. Ya estoy casando de ese lugar, cada vez que voy dan malas noticias, mis humanos ponen caras largas y salen llorando. 

¿Sufren por mi culpa? Espero que no, no me perdonaría que se sintieran mal después de hacerlos felices durante tantos años, ese siempre fue mi objetivo, no podría estar fallando a estas alturas de la vida.

No se qué está pasando conmigo, de repente, un mal día me sentí más cansado, mi agilidad ya no era la misma, mi ánimo decayó y el entusiasmo por los juegos y paseos se desvaneció.

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Mis días han cambiado, despierto a la misma hora que mis dueños y en la misma cama, ellos se preparan para salir a trabajar, yo estoy acostado observándolos con atención mientras caminan de un lado a otro, ya no puedo ir detrás de ellos como lo hacía años atrás.

Minutos antes de que deban partir me cargan y me bajan al pequeño jardín para que haga del baño y me de el aire. 

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Antes de irse me recuestan sobre mi cama y me dan las instrucciones habituales, en cuanto terminan ponen una cara de tristeza y se arrepienten de inmediato, saben que ya no estoy en condiciones de hacer travesuras. Se les llenan los ojos de lágrimas, acarician mi cabeza y me recuerdan lo mucho que me aman.

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Las horas son largas en casa, ya casi no puedo sostenerme por mí mismo, los platos de mi comida y agua están lo más cerca posible de mí, también tengo mis juguetes favoritos a mi lado. No me muevo para nada. 

Por las tardes, mi humana regresa por momento para asegurarse de que todo esté bien, me carga para dirigirnos al jardín, permanecemos ahí unos minutos y después regresamos a casa. Ella se marcha de nuevo.

Sí, debo esperar otras largas horas para que los amores de mi vida regresen, cuando escucho la puerta me invade la emoción y también la desesperación.

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El corazón se me acelera y siento cómo se mueve mi cola, pero me parte el alma no poder corres hacia ellos, solo me queda esperar que ellos se acerquen. Enseguida me acarician, me abrazan con cuidado y repetimos la rutina del jardín.

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Así han sido estos últimos meses, pocas ganas, poca diversión, poca actividad. Solo ha incrementado el malestar, el dolor y el sentimiento.

Yo lo sé, ya no me queda mucho tiempo en esta vida. El fin está cerca, pero estoy dispuesto a luchar hasta el último día, mi propósito es sacarles por lo menos una sonrisa a mis humanos como sea mientras estemos juntos.

Somos una familia y siempre lo seremos aunque yo ya no esté físicamente con ellos.

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